Los archivos del doctor Hesselius

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—¡Qué mal me siento! —confesó—. Me duele y quema el tobillo… ¡Esta maldita gota…! ¿Cuánto hemos tardado desde el teatro a mi casa? —preguntó ya completamente repuesto—. ¡Pero si me parece que he dormido durante más de la mitad de la noche! ¿Ocurrió algo digno de mención durante el camino?

Nada había pasado durante el trayecto, ni se habían demorado lo más mínimo.

El juez, que tuvo aquel episodio por una nueva manifestación de la gota, padeció fiebre al día siguiente. Dos semanas después, completamente restablecido del ataque de gota, y aunque ya no sintiera dolores, se mostraba triste y cabizbajo, ajeno a su feroz carácter de siempre. Aquella pesadilla, así llamaba al episodio, no se le iba de la cabeza.

Capítulo VIII

Alguien entra en la casa

Se comenzó a propalar la especie de que el juez padecía alucinaciones. Su médico, por ello, le aconsejó que se ausentara un tiempo y buscara refugio y descanso en Buxton.

La verdad era que, apenas se quedaba solo, el juez Harbottle volvía a rememorar aquel juicio que soñara, aquella sentencia que le condenaba a la horca: «Dentro de un mes, a partir de la fecha de hoy». También retumbaba en su cabeza la proclamación de la fórmula tradicional con que se anunciaba la manera en que había de ser ajusticiado: «Colgado del cuello hasta morir».


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