Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius —¡Qué mal me siento! —confesó—. Me duele y quema el tobillo… ¡Esta maldita gota…! ¿Cuánto hemos tardado desde el teatro a mi casa? —preguntó ya completamente repuesto—. ¡Pero si me parece que he dormido durante más de la mitad de la noche! ¿Ocurrió algo digno de mención durante el camino?
Nada habÃa pasado durante el trayecto, ni se habÃan demorado lo más mÃnimo.
El juez, que tuvo aquel episodio por una nueva manifestación de la gota, padeció fiebre al dÃa siguiente. Dos semanas después, completamente restablecido del ataque de gota, y aunque ya no sintiera dolores, se mostraba triste y cabizbajo, ajeno a su feroz carácter de siempre. Aquella pesadilla, asà llamaba al episodio, no se le iba de la cabeza.
Alguien entra en la casa
Se comenzó a propalar la especie de que el juez padecÃa alucinaciones. Su médico, por ello, le aconsejó que se ausentara un tiempo y buscara refugio y descanso en Buxton.
La verdad era que, apenas se quedaba solo, el juez Harbottle volvÃa a rememorar aquel juicio que soñara, aquella sentencia que le condenaba a la horca: «Dentro de un mes, a partir de la fecha de hoy». También retumbaba en su cabeza la proclamación de la fórmula tradicional con que se anunciaba la manera en que habÃa de ser ajusticiado: «Colgado del cuello hasta morir».