Los archivos del doctor Hesselius

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El más joven de los herreros agarró al juez por la pierna, inmovilizándolo con su mano gigantesca, clavando su pie contra el suelo; el otro, rápidamente, haciendo gala de su destreza en el uso del martillo y las tenazas, puso el anillo incandescente alrededor del tobillo aún libre del juez, ajustándoselo con tanta violencia que la piel y la carne comenzaron a echar humo al tiempo que el anciano juez lanzaba un grito de dolor que pareció hacer que se estremecieran las piedras de los muros y las cadenas de la fragua.

Por unos instantes nada vio el juez Harbottle, ni cadenas, ni los muros, ni la fragua. Todo se desvaneció con él; sólo el dolor le hacía saber que seguía vivo cuando abrió de nuevo los ojos y vio un poco más allá a aquellos emisarios del infierno que le habían puesto los grilletes.

Claro está, los abogados Thavies y Beller no pudieron por menos que asustarse cuando oyeron gritar al juez de aquella manera, mientras hablaban de un asunto intrascendente en su coche, algo acerca de las próximas nupcias de un hombre de importancia al que conocían. El viejo magistrado despertó tan asustado como dolorido. Se tranquilizó pronto, sin embargo, al comprobar las luces de la calle; se tranquilizó mucho más, naturalmente, cuando entraba en su casa, bien iluminada.


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