Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius El juez, a despecho de los esfuerzos que hacía para ser el de antes, había perdido gran parte de su vitalidad, de su espíritu engallado. Incluso se mostraba taciturno, hosco, dubitativo. Claro está, pronto observaron en los tribunales aquel cambio en su carácter. Sus amigos creían que todo era consecuencia de su enfermedad, de la gota; su médico certificaba que, en efecto, la enfermedad había desencadenado en él un ataque de hipocondría, por lo que reiteraba su consejo de que debía irse a Buxton una temporada, lugar habitual de retiro para viejos tullidos y enfermos de gota.
Tanto habían decaído los ánimos del anciano magistrado, que además de mostrarse sombrío y aterrado en muchos momentos, un día, tras llamar a su ama de llaves para que tomara el té con él en su despacho, le contó el pavoroso sueño que tuviera durante el trayecto desde Drury Lane. Estaba sumido, pues, en ese estado de abandono y abatimiento nervioso que lleva a los hombres a consultar a nigromantes, astrólogos, impostores y charlatanes en general, de esos que sólo pueden convencer a un niño o a un enfermo mental. ¿Y si aquel sueño fuese el anuncio de que iba a morir el día 10 fatídico? Su ama de llaves no pareció creerlo así; pensaba, por el contrario, que en esa fecha le iba a pasar algo muy feliz y digno de celebraciones.