Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius Aquellas palabras de su concubina reconfortaron al juez Harbottle. Volvió a recuperar su vitalidad, su aspecto de epicúreo temible, y dio unas palmaditas cariñosas a la dama.
—¡Muy bien, querida! Bueno, casi me olvido de algo —dijo el juez—. Se trata del pequeño Tom, el pelirrojo… Mi sobrino, ya sabes, el de Harrogate… Está enfermo… ¿Por qué no ha de ser a él a quien le ocurra algo ese maldito dÃa que no quiero ni nombrar? ¿No podrÃa sucederle, como a cualquier otro, por cierto? Por lo demás, si algo malo le pasara, la propiedad que le corresponde podrÃa pasar a mis manos, no me costarÃa mucho hacerme con ella… No sé si sabes que ayer mismo pregunté al doctor Hedstone si podÃa sufrir un ataque en cualquier momento, y se echó a reÃr diciéndome que yo era el único hombre que conocÃa bien, incapaz de morirse de un ataque repentino…
Poco después mandaba el juez a Buxton a varios miembros de su servidumbre, para que le acondicionaran el mejor lugar que encontrasen. Él pondrÃa tierra de por medio, en dirección al balneario, pocos dÃas después.
Era el dÃa 9 del mes; una vez transcurrida la siguiente jornada podrÃa reÃrse de una vez por todas de sus aprensiones.