Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius Aquel mismo dÃa 9, cuando anochecÃa, un criado del doctor Hedstone se dirigió a la casa del juez y llamó a la puerta. Después entraba el médico y se dirigÃa a la sala de espera de la casa. Era una tarde del mes de marzo y se dejaba sentir muy fuerte el viento del este, que silbaba imparable y temible por el hueco de la chimenea. La leña chisporroteaba en el hogar, levantando llamas que parecÃan, empero, alegres. El juez Harbottle, que se habÃa puesto una de esas pelucas que entonces llamaban de brigadier, y que tenÃa una especie de brillante capa roja echada sobre los hombros, aumentaba aquella impresión de que todo estaba en llamas en la oscura habitación, en la que eran rojas las sombras, como si hubiera estallado allà una auténtica conflagración bélica.
TenÃa el juez los pies sobre un escabel; su rostro brutal, ceñudo, enrojecido por el fuego, parecÃa un corazón que palpitase a impulsos de las llamas. De nuevo se mostraba inquieto y aprensivo. A tal punto, que incluso comenzaba a considerar la posibilidad de retirarse definitivamente de la magistratura. El resto de sus reflexiones no eran menos sombrÃas.