Los archivos del doctor Hesselius

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Siguiendo la costumbre de aquel tiempo, el palanquín del señor de la casa estaba en el vestíbulo, junto a la entrada, dispuesto por si el juez decidía usarlo. Era un lujoso palanquín tapizado en cuero rojo y tachonado con clavos de oro, que tenía las cortinillas de seda escarlata. Las cortinillas, por cierto, estaban corridas, y cerrada con el pasador la puerta de la cabina. No obstante, la niña, de natural curiosa, se asomó para ver a través de un resquicio mínimo que había en las cortinillas de seda escarlata.

Uno de los últimos rayos del sol poniente, que se introducía a través de la ventana de la habitación trasera, atravesó en oblicuo la puerta del cuarto para estrellarse levemente contra el palanquín abandonado en el vestíbulo, iluminando las cortinillas. Así vio la niña con asombro la silueta de un hombre que estaba sentado en el palanquín. Era un hombre de rasgos afilados, cadavéricos. Tenía la nariz torcida, según contó la niña a su madre, y miraba fijamente hacia el frente; apoyaba una de sus manos sobre el muslo del mismo lado; todo su cuerpo parecía inmóvil como una de las figuras de cera que la niña había visto en la feria de Southwark.




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