Los archivos del doctor Hesselius

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A menudo ocurre que los niños, por hacer más preguntas de las debidas, deben padecer reprimendas, pues se tiene por los mejores de entre ellos a los que más silencio guardan ante sus mayores. Así, pues, la niña no preguntó a aquel hombre qué hacía allí, dando por buena su presencia en el interior del palanquín que habitualmente usaba el juez Harbottle, el amo de la casa.

La niña, empero, comenzó a darse cuenta de que algo extraño ocurría cuando preguntó a su madre quién era aquel hombre moreno y advirtió que Mrs. Carwell comenzaba a temblar de miedo, que sus ojos parecían a punto de saltársele, y que empezaba a hacerle preguntas con un hilo de voz.

Decidida, Mrs. Carwell tomó la silla que abría la cabina del palanquín y condujo a la niña de la mano hasta el vestíbulo, mientras en la otra mano sostenía una palmatoria. Se detuvo a unos pasos de donde estaba el palanquín y puso la palmatoria en las manos de la niña.

—Vamos, Margery —dijo a la pequeña—, ve a ver si sigue ahí ese hombre… Acerca la vela a la cortinilla para que puedas ver mejor el interior.

Obediente, la niña se asomó, con el rostro muy serio, contenta de hacer algo que para su madre era importante, y vio que ya no había nadie.

Mira otra vez, hija, asegúrate le pidió su madre.


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