Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius Volvió a decirle la niña que ya no estaba el desconocido. Mrs. Carwell, con su cofia repleta de cintas y de encajes ahora del color de las cerezas, con el cabello castaño oscuro sin empolvar cayéndole sobre la cara muy pálida, se atrevió, aun con mano temblorosa, a usar la llave del palanquÃn y abrir la portezuela. Comprobó que en efecto, como se lo habÃa anunciado la niña, el asiento estaba vacÃo.
—No fue más que una ilusión, hija mÃa, ya lo ves…
—¡Allà está, mamá! —gritó entonces la pequeña señalando con su dedo—. Se ha ido por allÃ…
—¿Por dónde? —preguntó el ama de llaves retrocediendo unos pasos.
—Ha entrado en la habitación…
—No, hija, no… Quizás te ha confundido una sombra —dijo la madre un tanto malhumorada y nerviosa por el susto—. He movido la vela, y las sombras…
Mrs. Carwell, sin embargo, temblando de pies a cabeza, asió una de las varas del palanquÃn, con la que golpeó el piso como si quisiera espantar a alguien. TemÃa entrar en la habitación que le señalaba su hija.
Al oÃr el golpe contra el suelo acudieron alarmadas al vestÃbulo la cocinera y dos de sus ayudantes.