Los archivos del doctor Hesselius

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Seguimos el cortège con la mirada hasta que se perdió rápidamente de vista en la bruma del bosque. Y hasta el mismo ruido de los cascos y las ruedas se desvaneció en el silencio de la noche.

Nada quedaba que nos garantizara que la aventura no había sido una ilusión momentánea, salvo la joven dama, que precisamente en aquel mismo instante abría los ojos. Yo no podía verla, porque su rostro estaba de espaldas a mí, mas levantó la cabeza, mirando evidentemente a su alrededor, y oí una voz muy dulce que preguntaba en tono quejumbroso:

—¿Dónde está mamá?

Nuestra buena Madame Perrodon le respondió cariñosamente, consolándola con algunas garantías pertinentes.

Luego la oí preguntar:

—¿En dónde estoy? ¿Qué lugar es éste? —y añadió a continuación—: No veo el carruaje. Y Matska, ¿dónde está?

Madame contestó a todas sus preguntas en la medida en que las comprendía. Y poco a poco la joven recordó cómo ocurrió el accidente, y le agradó saber que nadie, ni dentro del coche, ni entre el servicio, estaba herido. Mas al enterarse de que su madre la había dejado con nosotros hasta su regreso, al cabo de unos tres meses, rompió a llorar.


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