Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius La dama lanzó a su hija una mirada que no me pareció tan afectuosa como podía esperarse dado el comienzo de la escena. Luego hizo señas a mi padre y se apartó con él dos o tres pasos, donde no pudieran ser oídos, hablándole con expresión rígida y severa, completamente distinta a aquella con la que hasta ahora se había manifestado.
Me maravillaba que mi padre no pareciera percibir el cambio, y sentía también una curiosidad indecible por averiguar qué podía estar diciéndole, casi al oído, con tanta vehemencia y precipitación.
Permaneció en aquella ocupación unos dos o tres minutos a lo sumo, creo. Luego se volvió, y en unos cuantos pasos llegó hasta donde yacía su hija, en brazos de Madame Perrodon. Se arrodilló a su lado un instante y le susurró al oído, según supuso Madame, una breve bendición. Después, tras besarla apresuradamente, subió al carruaje; la puerta se cerró; los lacayos, con impresionantes libreas, saltaron al pescante; los escoltas picaron espuelas; los postillones chasquearon sus látigos; los caballos corcovearon y súbitamente iniciaron un frenético trote que amenazaba con no tardar en convertirse de nuevo en un galope; y finalmente el carruaje desapareció como un torbellino, seguido al mismo ritmo rápido por los dos jinetes de retaguardia.
Cambio de impresiones