Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius Lo que me contó no tenía, según mi poco escrupulosa estimación, ningún valor.
Todo se resumía en tres revelaciones muy vagas.
La primera: se llamaba Carmilla.
La segunda: su familia era muy antigua y noble.
La tercera: su casa estaba situada al oeste de la nuestra.
No quiso decirme ni el apellido de su familia, ni sus blasones, ni el nombre de su propiedad, ni siquiera el del país en que vivían.
No vayáis a pensar que yo la molestaba constantemente con esos asuntos. Esperaba una oportunidad, y más bien procuraba insinuar mis preguntas en lugar de insistir en ellas. Una o dos veces, sin embargo, la ataqué más directamente. Mas fuera cual fuese mi táctica, el resultado era siempre un completo fracaso.
Reproches o caricias, de nada servían con ella. Mas debo añadir que sus evasivas iban acompañadas de una melancolía y una desaprobación tan considerables; de tantas, e incluso tan apasionadas declaraciones de afecto hacia mí, de plena confianza en mi honor; y de tantas promesas de que yo acabaría por saberlo todo que no podía continuar enfadada con ella por más tiempo.
Solía rodearme el cuello con sus hermosos brazos, atraerme hacia ella, y, apoyando su mejilla en la mía, susurrarme al oído: