Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius En ciertos aspectos, tenía extrañas costumbres. Tal vez no tan singulares en opinión de una dama de ciudad como vos, pero sí para nosotros que somos gente rústica. Solía bajar muy tarde, por lo general antes de la una. A esa hora se tomaba una taza de chocolate, pero no comía nada. Después íbamos juntas a dar un paseo, aunque durante poco tiempo, ya que casi inmediatamente se sentía agotada, y, o bien regresaba al schloss, o se sentaba en alguno de los bancos repartidos estratégicamente entre la arboleda. Era la suya una languidez corporal que no afectaba a su mente. Su conversación era siempre muy lúcida y animada.
De vez en cuando aludía brevemente a su casa, o mencionaba algún incidente o situación, o algún recuerdo infantil, que indicaban un extraño comportamiento; y describía costumbres que nosotros ignorábamos por completo. De aquellas alusiones fortuitas, deduje que su país debía de estar mucho más lejos de lo que en un principio me había imaginado.
Una tarde, mientras estábamos sentadas bajo los árboles, pasó un entierro por delante de nosotras. Correspondía a una linda muchachita, a la que había tenido ocasión de ver muy a menudo, pues era hija de uno de los guardas forestales. El infeliz caminaba detrás del féretro de su niña. Parecía tener el corazón destrozado, ya que era su única hija. Le seguían algunas parejas de campesinos entonando un himno fúnebre.