Los archivos del doctor Hesselius

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A su paso me levanté respetuosamente y me uní a ellos en su dulce cántico.

Mi acompañante me zarandeó con cierta rudeza, y yo me volví sorprendida.

Me dijo, bruscamente:

—¿No os dais cuenta de cómo desafinan?

—Al contrario, me parece un canto muy melodioso —contesté, molesta por la interrupción, y muy incómoda, por miedo a que la gente que formaba la comitiva nos estuviera observando y se ofendiera al oírnos.

Por consiguiente, reanudé inmediatamente el cántico, y de nuevo fui interrumpida.

—Me destrozáis los tímpanos —dijo Carmilla, enfadada, mientras se tapaba los oídos con sus minúsculos dedos—. Además, ¿cómo sabéis que vuestra religión y la mía son la misma? Vuestras manifestaciones me hieren, y detesto los funerales. ¡Menudo alboroto! ¡Vaya!, vos tenéis que morir como todo el mundo. Y todos son más felices cuando se mueren. Regresemos a casa.

—Mi padre se ha ido al cementerio con el sacerdote. Yo creí que sabíais que hoy iban a enterrarla.

—¿A ella? Los campesinos no me preocupan. Ni siquiera la conozco —replicó, mientras sus hermosos ojos relampaguearon fugazmente.

—Es la infeliz muchacha que imaginó ver un fantasma hace quince días, y que ha estado agonizando desde entonces, hasta que expiró ayer.


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