Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius Carmilla y yo estábamos contemplando el paisaje desde uno de los grandes ventanales del salón, cuando cruzó el puente levadizo y penetró en el patio la figura de un vagabundo, al que yo conocía bastante bien. Solía visitar el schloss unas dos veces por año.
Se trataba de un jorobado, con esos rasgos angulosos y enjutos que suelen acompañar a las deformidades. Llevaba una puntiaguda barba negra, y sonreía de oreja a oreja, mostrando sus blancos colmillos. Iba vestido de amarillo, negro y escarlata, y provisto de más correas y cintos de los que yo podía contar, de los cuales colgaban toda clase de objetos. Detrás llevaba una linterna mágica y dos cajas cuyo contenido conocía yo muy bien: en una había una salamandra y en la otra una mandrágora. Dichos monstruos solían hacer reír a mi padre. Estaban formados con miembros de monos, loros, ardillas, peces y erizos, puestos a secar y suturados con gran habilidad y efectos sorprendentes. Llevaba también un violín, una caja con instrumentos mágicos para conjurar los malos espíritus, un par de floretes y caretas que pendían del cinto, y varios otros estuches misteriosos que se balanceaban a su alrededor. En la mano sostenía un bastón negro con conteras de cobre. Le acompañaba un perro flaco y peludo, que le seguía muy de cerca, el cual se detuvo en seco, receloso, ante el puente levadizo, y al poco rato comenzó a aullar lúgubremente.