Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius Carmilla se sentó. Su rostro había experimentado tal cambio que me alarmé, e incluso por unos momentos quedé aterrorizada. Su expresión se ensombreció y se puso terriblemente lívida. Sus manos y sus dientes estaban apretados, tenía el ceño y los labios fruncidos, mientras miraba fijamente al suelo y temblaba de pies a cabeza con un incesante estremecimiento tan incontenible como el producido por la malaria. Todas sus fuerzas parecieron tensarse para reprimir un ataque, contra el que libraba una lucha sin descanso. Por fin, brotó de su boca un grito de dolor, débil y convulso, y poco a poco su histeria fue apaciguándose.
—He aquí lo que ocurre cuando se acalla a la gente con himnos —dijo, finalmente—. Sujetadme, tenedme todavía sujeta. Ya se me pasa.
Eso fue lo que, poco a poco, ocurrió. Y tal vez para disipar la siniestra impresión que aquel espectáculo me había producido, se puso inusualmente animada y parlanchina, regresando así a casa.
Era la primera vez que yo la veía mostrar síntomas precisos de esa fragilidad de salud de la que había hablado su madre. Era también la primera vez que la veía dar muestras de algo parecido a la ira.
Ambas cosas se desvanecieron cual nube de verano. Y excepto una vez, después ya no tuve ocasión de presenciar ninguna otra de sus pasajeras explosiones de cólera. Os contaré cómo sucedió.