Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius Carmilla compró uno inmediatamente, y lo mismo hice yo.
El hombre levantó los ojos, y nosotras le sonreímos divertidas; al menos, puedo responder de mí misma. Mientras observaba nuestros rostros, sus penetrantes ojos negros parecieron descubrir algo que momentáneamente atraía su atención.
Inmediatamente abrió un estuche de cuero, lleno de toda clase de extraños instrumentos de acero.
—Mire esto, mi señora —dijo, mostrándomelos y dirigiéndose a mí—. Aparte de otras profesiones menos útiles, ejerzo el arte de la odontología. ¡Maldito sea este condenado perro! —intercaló—. ¡Quieres callarte, bestia inmunda! Aúlla tanto que sus señorías no deben de oír ni una sola palabra de lo que digo. Su noble amiga, la joven dama que tiene a su derecha, tiene dientes muy afilados… largos, finos, puntiagudos, como una lezna, como una aguja. ¡Ja, ja! Cuando he alzado la mirada, los he visto claramente, con mi vista aguda y de largo alcance. Si por casualidad le molestan, como creo, aquí estoy yo con mi lima, mi punzón, y mis pinzas. Se los dejaré redondeados y romos, si su señoría lo desea. En vez de dientes de pez, tendrá los que corresponden a la hermosa joven que realmente es. ¿No le parece? ¿Se ha molestado la joven dama por lo que he dicho? ¿Acaso he sido demasiado atrevido? ¿La he ofendido?