Los archivos del doctor Hesselius

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La joven, en efecto, parecía muy irritada cuando se apartó de la ventana.

—¿Cómo se atreve a insultarnos este charlatán? ¿Dónde está vuestro padre? Le exigiré una reparación. ¡Mi padre le habría atado a la bomba de agua, le habría azotado con un látigo, y sin vacilar le habría marcado a fuego con el hierro del castillo!

Carmilla se alejó de la ventana uno o dos pasos, y se sentó. Pero apenas hubo perdido de vista al ofensor, su ira desapareció tan repentinamente como había surgido, y poco a poco recobró su tono habitual, pareciendo olvidarse del jorobadito y de sus desatinos.

Mi padre estaba muy abatido aquella noche. Al llegar nos contó que se había producido otro caso muy similar a los dos fatales que habían ocurrido recientemente. La hermana de un joven campesino a sus órdenes, que vivía a sólo una milla del castillo, estaba muy enferma. Según su propia descripción, había sido atacada poco más o menos del mismo modo que las otras, y ahora se estaba consumiendo lenta pero inexorablemente.

—Todo esto —dijo mi padre— hay que atribuirlo estrictamente a causas naturales. Esos infelices se contagian unos a otros sus supersticiones, y de ese modo refunden en su imaginación las terroríficas imágenes de que han sido víctimas sus vecinos.

—Mas aunque así fuese, resulta espantoso —dijo Carmilla.


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