Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius Aquella noche llegó, procedente de Graz, el hijo del restaurador de cuadros, un joven serio y de rostro sombrío, que conducía una carreta arrastrada por un caballo y cargada con dos grandes cajones, cada uno de los cuales contenía varias pinturas. Cada vez que llegaba al schloss un mensajero de nuestra pequeña capital de Graz, que quedaba a unas diez leguas, solíamos reunirnos a su alrededor, en la sala, para escuchar las noticias.
Su llegada causó auténtica sensación en nuestra aislada residencia. Los cajones permanecieron en la sala, y del mensajero se ocupó la servidumbre hasta que hubo terminado de cenar. Después, seguido de algunos ayudantes, y armado con un martillo, un escoplo y un destornillador, se reunió con nosotros en la sala, donde nos habíamos reunido para presenciar el desembalaje de los cajones.
Carmilla se sentó, contemplando con indiferencia cómo sacaban una tras otra las viejas pinturas, casi todas ellas retratos, que habían sido objeto de una restauración. Mi madre perteneció a una antigua familia húngara, y casi todas aquellas pinturas, que ahora iban a retornar a sus respectivos lugares, nos habían llegado a través de ella.