Los archivos del doctor Hesselius

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Mi padre solía preguntarme a menudo si estaba enferma. Mas yo, con una obstinación que ahora me parece inexplicable, me empeñaba en asegurarle que me encontraba perfectamente bien.

En cierto sentido, eso era cierto. No sentía ningún dolor, no podía quejarme de ningún malestar físico. Las molestias parecían fantasías mías, o producto de los nervios. Y, por horribles que fuesen mis sufrimientos, los guardaba en secreto para mí, con una reserva malsana.

No podía tratarse de aquel terrible mal que los campesinos llamaban upiro, pues hacía ya tres semanas que lo padecía, y ellos raramente estuvieron enfermos más de tres días, hasta que la muerte puso fin a sus desgracias.

Carmilla se quejaba de padecer pesadillas y sensaciones febriles, aunque de ningún modo tan alarmantes como las mías. Digo que las mías eran extremadamente alarmantes. Si hubiera sido capaz de comprender mi situación, hubiera suplicado de rodillas ayuda y consejo. Mas aquella influencia tan insospechada actuaba sobre mí como un narcótico, ofuscando mis sentidos.

Voy a contaros ahora un sueño que me llevó enseguida a un extraño descubrimiento.

Una noche, en lugar de la voz que acostumbraba a oír a oscuras, escuché otra, dulce y delicada, y al mismo tiempo terrible, que me dijo:


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