Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius Como eran ya más de las cuatro, preferí pasar las restantes horas de oscuridad en la habitación de Madame Perrodon. La luz del día, sin embargo, tampoco aportó solución alguna al problema.
A la mañana siguiente toda la casa, con mi padre a la cabeza, se encontraba presa del nerviosismo. Se registraron todos los rincones del castillo. Se exploró el terreno palmo a palmo. Mas no pudo descubrirse ni el menor rastro de la desaparecida dama. Se pensaba ya en dragar el riachuelo. Mi padre estaba fuera de sí: ¿qué historia le contaría a la madre de la infeliz muchacha cuando regresase a recogerla? También yo había perdido la cabeza, aunque mi congoja era de una especie totalmente diferente.
La mañana transcurrió entre la alarma y la agitación. Era ya la una, y todavía no había noticias de Carmilla. Subí corriendo a su habitación, y la encontré de pie frente a su tocador. Me quedé perpleja. No podía dar crédito a mis ojos. Me hizo señas en silencio con sus lindos dedos. En su rostro se leía el miedo en grado sumo.
Corrí hacia ella en un arrebato de júbilo. La besé y abracé una y otra vez. Me abalancé sobre la campanilla y la hice sonar con vehemencia, para que vinieran los demás, aliviando así de inmediato la preocupación de mi padre.