Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius Al comprobar que la única señal de desorden en la habitación la habíamos producido nosotras con nuestra violenta entrada, empezamos a calmarnos un poco, y pronto recobramos el sentido lo suficiente para despedir a los hombres. A Mademoiselle De Lafontaine se le ocurrió que posiblemente Carmilla se habría despertado a causa del tumulto en su puerta, y en un primer momento de pánico había saltado de la cama y se había escondido en un ropero, o detrás de una cortina, de donde, por supuesto, no podía salir hasta que el mayordomo y sus secuaces se hubieran retirado. Recomenzamos de nuevo nuestro registro, y empezamos otra vez a llamarla por su nombre.
Todo fue en vano. Nuestro desconcierto y nuestra inquietud fueron en aumento. Examinamos las ventanas, mas estaban todas cerradas. Imploré a Carmilla que, si se había ocultado, no prolongara más aquella broma cruel, que pusiera fin a nuestras preocupaciones saliendo de su escondite. Todo fue inútil. Para entonces yo ya estaba convencida de que no se encontraba en la habitación, ni en la recámara, cuya puerta estaba también cerrada con llave por nuestro lado. Por allí no podía haber pasado. Mi desconcierto era total. Tal vez Carmilla había descubierto uno de esos pasadizos secretos que, según la anciana ama de llaves, se sabía que existían en el schloss, aunque nadie recordara ya su situación exacta. Sin duda alguna todo se aclararía dentro de poco, por muy desconcertados que estuviésemos de momento.