Los archivos del doctor Hesselius

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Para entonces estaban ya en la habitación Madame Perrodon, Mademoiselle De Lafontaine, mi padre y numerosos criados. Desde luego, Carmilla fue abrumada a preguntas, felicitaciones y bienvenidas. No tenía ninguna otra historia que contar, y parecía la menos capacitada de todo el grupo para proponer alguna explicación lógica a lo ocurrido.

Mi padre daba vueltas por la habitación, reflexionando. Vi cómo Carmilla le observaba con una mirada sigilosa y enigmática.

Una vez que mi padre hubo despedido a los criados, y habiéndose ido Mademoiselle De Lafontaine a buscar un frasquito de valeriana y sal volátil, no quedaba nadie en la habitación salvo mi padre, Madame Perrodon y yo misma. Entonces, mi padre se acercó a Carmilla, pensativo, y tomándole la mano con delicadeza, la condujo hasta el sofá y se sentó a su lado.

—¿Me perdonaréis, querida niña, si aventuro una hipótesis y os formulo una pregunta?

—¿Quién podría tener más derecho que vos? —dijo ella—. Preguntad lo que gustéis, y os lo contaré todo. Aunque mi historia no contiene más que perplejidades y misterio. No sé absolutamente nada. Hacedme la pregunta que queráis. Mas no os olvidéis, por supuesto, de las limitaciones que mi madre mi impuso.


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