Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius —La noche en la que experimentasteis por vez primera vuestro horrible sueño, mencionasteis haber sentido como si dos agujas os hubieran perforado la piel en alguna parte del cuello. ¿Os sigue doliendo todavÃa?
—No, en absoluto —contesté.
—¿Podéis señalarme con el dedo el lugar aproximado en el que os imagináis que os ocurrió eso?
—Más o menos debajo de la garganta… aquà —contesté.
Llevaba yo puesta una bata, que ocultaba el lugar que estaba señalando con el dedo.
—Ahora os convenceréis vos misma —dijo el doctor—. No os importará que vuestro papá os abra un poco el escote, ¿verdad? Es necesario para descubrir algún sÃntoma de la enfermedad que padecéis.
AsentÃ. El lugar indicado estaba tan sólo a una o dos pulgadas por debajo del escote.
—¡Dios mÃo!… Ahà está —exclamó mi padre, poniéndose pálido.
—Ahora podéis verlo con vuestros propios ojos —dijo el doctor, con aire triunfal aunque pesimista.
—¿Qué es eso? —exclamé yo, empezando a asustarme.