Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius —Nada, mi querida damita, sólo una diminuta marca azulada, aproximadamente del tamaño de la yema de vuestro dedo meñique. Ahora bien —prosiguió, volviéndose hacia papá—, la cuestión es ¿qué es lo mejor que puede hacerse?
—¿Existe algún peligro? —insistÃ, sumamente turbada.
—Espero que no, querida —contestó el doctor—. No veo por qué no habrÃais de reponeros. No veo por qué no habrÃais de comenzar a mejorar inmediatamente. ¿Es ahà donde empieza la sensación de estrangulamiento?
—Sà —contesté yo.
—Acordaos lo mejor que podáis: ¿actuaba como una especie de centro, alrededor del cual se producÃa la irradiación de ese estremecimiento que acabáis de describir como la corriente de un rÃo helado chocando contra vos?
—Es posible; creo que sÃ.
—¡Ah! ¿Lo veis? —añadió, volviéndose hacia mi padre—. ¿Puedo decirle unas palabras a Madame Perrodon?
—Desde luego —dijo mi padre.
El doctor Spielsberg llamó a Madame Perrodon y le dijo: