Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius En consecuencia, a las doce en punto estaba ya preparada, y poco después mi padre, Madame Perrodon y yo nos pusimos en camino para nuestra proyectada excursión. Una vez cruzado el puente levadizo torcimos a la derecha, y seguimos el camino que atravesaba el empinado puente gótico en dirección oeste, hasta llegar al pueblo desierto y el castillo en ruinas de los Karnstein.
No es posible imaginar una excursión campestre más agradable. El terreno se quiebra en suaves colinas y hondonadas, cubiertas todas ellas de hermoso bosque, totalmente desprovisto de la relativa formalidad que le confieren las plantaciones artificiales, el cultivo tempranero y la poda.
Las irregularidades del terreno desvían a menudo el camino de su curso, y le hacen serpentear, bordeando las quebradas y las laderas más abruptas de las colinas, en medio de una diversidad casi inagotable de suelos.
Al torcer uno de esos recodos, súbitamente nos topamos con nuestro viejo amigo el general, que cabalgaba hacia nosotros, acompañado por un criado también a caballo. Su equipaje le seguía en un carromato de alquiler, que es como llamamos nosotros a los carros.
Al acercarnos el general desmontó y, tras los saludos de rigor, le convencimos fácilmente para que aceptara un asiento libre en nuestro carruaje, y enviamos su caballo al schloss con su criado.
Desconsolado