Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius —Os lo contarÃa todo con sumo placer —dijo el general—, mas no me creerÃais.
—¿Por qué no? —preguntó mi padre.
—Porque, querido amigo —contestó él, con mal humor—, vos no creéis en nada que no esté de acuerdo con vuestros prejuicios y vuestros gustos. Recuerdo que yo era como vos, mas ahora me he aprendido la lección.
—Ponedme a prueba —dijo mi padre—; no soy tan dogmático como vos suponéis. Además, me consta que, en general, vos exigÃs pruebas para creeros algo, y, por consiguiente, estoy firmemente predispuesto a respetar vuestras conclusiones.
—Tenéis razón al suponer que no he sido inducido a la ligera a creer en la existencia de prodigios (pues lo que experimenté fueron prodigios). Me he visto obligado, ante una evidencia extraordinaria, a dar crédito a algo que va diametralmente en contra de todas mis teorÃas. He sido vÃctima inocente de una conspiración preternatural.
A pesar de sus profesiones de confianza en la perspicacia del general, vi que, al llegar a ese punto, mi padre le miró con lo que me pareció una acusada expresión de duda acerca de su cordura.
El general, afortunadamente, no lo advirtió. Miraba con melancolÃa y curiosidad los claros y perspectivas de los bosques que se extendÃan ante nosotros.