Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius Entré con él en la habitación. Espero que el lector sepa excusarme si no cuento con mayor detalle lo que allí vi. El reverendo Mr. Jennings se había degollado con una navaja barbera. La herida, puedo dar fe, era impresionante, realmente espantosa. Aquellos dos hombres a los que vi salir acababan de tenderlo en el lecho, acomodando dignamente los miembros del pobre Mr. Jennings. El reverendo, tal y como lo atestiguaba el charco de sangre que había en el suelo, se había suicidado entre la cama y la ventana. Había una alfombra bajo la cama y otra bajo la cómoda, nada más, pues según lo que me dijo el criado que me acompañaba a su amo le gustaba andar sobre la madera del piso. A través de la ventana de aquella habitación ahora sombría y espantosa vi que lentamente se movían las ramas de un olmo inmenso, arrojando negras sombras sobre el suelo que pisábamos.
Pedí al criado que me acompañara, con un gesto, y bajamos a la otra planta. Entramos en un cuarto con las paredes revestidas de madera, a la usanza campestre, y escuché lo que el criado tenía que contarme, que no era mucho, por cierto.