Los archivos del doctor Hesselius

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—Después de que usted me dijera anoche, señor, que debíamos cuidar del reverendo, saqué la conclusión de que el amo estaba muy enfermo, más de lo que suponíamos. Pensé que usted temía un paroxismo, un ataque, cualquier cosa… Pero le aseguro que seguí —y seguimos todos— sus instrucciones. El reverendo estuvo en vela hasta muy tarde, hasta más allá de las tres de la madrugada. Ni escribía ni leía; oí que hablaba solo, pero no me llamó especialmente la atención porque solía hacerlo con frecuencia. Pasadas las tres de la madrugada le ayudé a desvestirse; se quedó en bata y zapatillas. Volví silenciosamente una media hora después, y lo vi, señor… Estaba tendido en la cama, desnudo; había dos velas encendidas en la mesita de noche. Entré, se reincorporó un poco para mirarme, le pregunté extrañado si estaba bien, si necesitaba algo, y me dijo que no… Me intranquilizó mucho verlo así; volví otra media hora después; las dos velas estaban apagadas, pero yo llevaba una palmatoria en la mano. Abrí la puerta con cuidado, metí la luz que llevaba en la habitación, me asomé entonces y vi al reverendo sentado en la silla que hay junto a la cómoda, ahora cubierto de nuevo con la bata. Se volvió y me miró, pero sin decirme nada. Aunque todo aquello me parecía muy extraño, me limité a preguntarle de nuevo si necesitaba algo. Me dijo que no, un tanto secamente. Le pregunté entonces si deseaba que encendiera las velas y me dijo «haz lo que te dé la gana, Jones». Las encendí y me quedé dando vueltas por la habitación, no sabía qué hacer. Al poco rato se volvió, me miró y me dijo:


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