Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius —¿Cómo dice? —preguntó el capitán Barton, atónito—. No le entiendo… Perdone, no le he oÃdo bien… ¿Qué quiere?
—Nada, nada, tonterÃas… —respondió Norcott con gran estupor—, ¿qué nos importa lo que haya dicho ese pobre loco? Pero me parece que no se encuentra usted bien, Barton… Pediremos un coche…
—¿Enfermo yo? No, no, me encuentro perfectamente —dijo Barton haciendo un esfuerzo evidente por aparentar tranquilidad—. Simplemente, estoy un poco cansado —añadió—; quizás me afecte una cierta ansiedad, pero sólo eso… Ya sabe que tengo un litigio interpuesto ante la CancillerÃa y que además estoy haciendo los preparativos de mi boda, por lo que… Bueno, sÃ, siento un leve malestar, pero no tiene importancia… Sigamos caminando, por favor… ¿Adónde vamos?
—No, no, hágame caso, Barton —insistió Norcott—; váyase a casa en coche, necesita descansar, hágame caso… Parece usted enfermo. Permita que le acompañe, pediré un coche…
Intervine para darle la razón a Norcott, pero parecÃa evidente que Barton no aceptaba nuestro consejo. Nos dejó. Se alejó de nosotros como si huyera. Me callé, pues no tenÃa la confianza suficiente con él, y no podÃa, por ello, comentar con Norcott la escena que habÃamos presenciado. Supuse, claro está, la existencia de algún misterio oculto.