De sobremesa
De sobremesa ¿Por qué sin tocar la alfombra, pregunta al analista que llevo dentro de mà mismo y que percibe y discrimina hasta las sombras de mis ideas?… ¿Por qué sin tocar la alfombra? RÃa al oÃr esta frase el Mefistófeles que todos llevamos dentro del alma, agite las luengas plumas del rojo birrete, crispe diabólica mueca su irónica fisonomÃa, iluminada por un reflejo de infierno y lance al aire su carcajada de burla; sin tocar la alfombra porque al pensar en ella la veo, incontaminada por la atmósfera de la tierra, insexual y radiosa como los querubines de Milton. Las frases que vienen a mis labios para cantarla entonces, no son los inarmónicos perÃodos de mi prosa incolora, sino estos versos de La Vita Nuova, en que el Dante habla de Beatriz:
«Cuando mi Dama camina por alguna parte, Amor extiende sobre los corazones corrompidos una capa de hielo que rompe y destruye todos los malos pensamientos».
«El que se exponga a verla o se ennoblece o muere; cuando alguno digno de mirarla la encuentra, experimenta todo el poder de sus virtudes y si ella le honra con su saludo dulcÃsimo le vuelve tan modesto, tan honrado y tan bueno, que llega hasta perder el recuerdo de los que lo ofendieron. Y Dios ha concedido una gracia particular a mi Dama: la persona que le dirige la palabra no puede tener mal fin».