De sobremesa
De sobremesa Mis derroches de la temporada no alcanzan a mil libras: setecientas, pagadas por un cuadro de Sir Edward Burne Jones y las doscientas y pico de una cuenta del librero, cubierta ayer. No he puesto los pies en un salón a pesar de que los Lorenzanas, Roberto Blundell y Camilo Mendoza, nuestro gran estadista, que vive en Richmond, me han visitado con insistencia. No he pisado un restaurante ni un teatro, y mis paseos a pie se han dirigido de preferencia hacia los barrios silenciosos de la burguesía acomodada, donde las amplias calles, veladas por las nieblas de otoño extienden, a la hora del crepúsculo, la monotonía de sus mansiones tranquilas, separadas de la vía pública por las verduras de los jardinillos que anteceden sus fachadas. Por ellas cuántas veces he andado a esa hora —paseante ingenuo y un poco desprendido de sí mismo para sorprender el alma británica en sus sencillas manifestaciones exteriores— y me he detenido cuando por la ventana de guillotina de algún balcón entreabierto adivino, al través de los vidrios la luz de la lámpara que alumbra la velada familiar, de una lámpara cuya luz cae sobre la amplia mesa de oscura carpeta cerca de la cual se sentarán la vieja de antiparras, papalina y peluquín, cantada por Pombo, el grueso inglesote colorado y flemático, que lee el «Tit Bits» y contempla carcajeándose las caricaturas de «Punch», y las dos misses rubias y frescas de ojos verdosos, con el visitante vestido del inevitable smoking, para tomar el eterno té tibio, desvirtuado por la leche abundante, la infusión insípida en que la vieja y pudibunda Albión ha convertido el nervioso licor que en la tierra nativa, apuran los mandarines vestidos de seda rosada y las risueñas mousmés de oblicuos ojos, en diminutas tazas de frágil porcelana delgada como una cáscara de huevo, que lucen ramos de crisantemos, doradas medias lunas, hieráticas grullas e inverosímiles pagodas.