De sobremesa
De sobremesa Por la noche me envuelve una pereza del cuerpo que me hace sonreír si al entrar al cuarto de vestirme veo el negro frac, los brodequines de charol, la resplandeciente camisa, los calcetines de seda, los pañuelos de batista, los guantes blancos y las gardenias para el ojal, puestas en vasitos de electroplata, que Francisco, mi viejo criado, prepara cuidadosamente, sin consultarme y extiende sobre un diván bajo, frente al enorme espejo claro, enmarcado de bronce, en previsión de una salida mundana. Me sonrío y visto amplio vestido de franela; friolento hago encender la chimenea cuyo suave calor neutraliza la temperatura que anuncia un invierno rigurosísimo, y con las piernas envueltas en la eterna manta sevillana compañera de mis viajes y aspirando el humo opiado y aromático de un cigarrillo de Oriente, me siento cerca al fuego para contemplar los derrumbes de negros castillos que forjan los troncos carbonizados, el rojo de las cavernas de fuego, donde arden los tizones y los incendios azules de las lengüetas de llama. Horas de infinito recogimiento en que medito en el plan que ha de inmortalizar mi memoria, lecturas de Shakespeare y de Milton, en el silencio de las madrugadas insomnes, ¡cuán lejos estáis del brutalismo gozador de mis noches parisienses en que, tras de una cena de langosta a la americana y champaña extra dry, la alcoba de la Orloff oía mis gritos de salvaje voluptuosidad y su cuerpo delicado se lastimaba estrujado por mis manos gozadoras!…