De sobremesa
De sobremesa —No, no soy poeta —dijo con aire de convicción profunda—. Eso es ridÃculo. ¡Poeta yo! Llamarme a mà con el mismo nombre con que los hombres han llamado a Esquilo, a Homero, al Dante, a Shakespeare, a Shelley… Qué profanación y qué error. Lo que me hizo escribir mis versos fue que la lectura de los grandes poetas me produjo emociones tan profundas como son todas las mÃas; que esas emociones subsistieron por largo tiempo en mi espÃritu y se impregnaron de mi sensibilidad y se convirtieron en estrofas. Uno no hace versos, los versos se hacen dentro de uno y salen. El que menos ilusiones puede formarse respecto del valor artÃstico de mi obra soy yo mismo que conozco el secreto de su origen… ¿Quieres saberlo? Vivà unos meses con la imaginación en la Grecia de Pericles, sentà la belleza noble y sana del arte heleno con todo el entusiasmo de los veinte años y bajo esas impresiones escribà los «Poemas Paganos», de un lluvioso otoño pasado en el campo leyendo a Leopardi y a Antero de Quental, salió la serie de sonetos que llamé después «Las Almas Muertas»; en los «DÃas Diáfanos» cualquier lector inteligente adivina la influencia de los mÃsticos españoles del siglo XVI, y mi obra maestra, los tales «Poemas de la Carne», que forman parte de los «Cantos del más allá», que me han valido la admiración de los crÃticos de tres al cuarto, y cuatro o seis imitadores grotescos, ¿qué otra cosa son sino una tentativa mediocre para decir en nuestro idioma las sensaciones enfermizas y los sentimientos complicados que en formas perfectas expresaron en los suyos Baudelaire y Rossetti, Verlaine y Swinburne? No, Dios mÃo, yo no soy poeta… Soñaba antes y sueño todavÃa a veces en adueñarme de la forma, en forjar estrofas que sugieran mil cosas oscuras que siento bullir dentro de mà mismo y que quizás valdrÃan la pena de decirlas, pero no puedo consagrarme a eso…