De sobremesa

De sobremesa

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—Vuelve usted a ver el fantasma y a soñar con lo sobrenatural —contestó con gravedad casi severa—. Aplíquese usted a encontrar causas y no a soñar. Me ha descrito usted a la señorita como una figura semejante a las de las vírgenes de Fra Angélico y este cuadro es obra de uno de los miembros de la cofradía prerrafaelita, el grupo de pintores ingleses que se propusieron imitar a los primitivos italianos hasta en sus amaneramientos menos artísticos. Es claro que la señorita no sirvió de modelo porque según me dice usted cuando más podrá tener quince años y hace veinte que fue pintado el cuadro; pero, dígame: ¿qué tiene de extraño que el modelo fuera una tía o la madre de la que usted encontró en Ginebra y que las dos se parecieran mucho? Ahora, ¿por qué se juntaban en su imaginación cierto verso latino y la figura que usted veía? Porque un recuerdo de esta pintura y de la leyenda que tiene al pie vistas por usted hace muchos años, resucitó en su memoria, gracias a la analogía que hay entre la fisonomía de su amada y la que representa este dibujo… La memoria es como una cámara oscura que recibe innumerables fotografías. Quedan muchas guardadas en la sombra; una circunstancia las retira de allí, recibe la placa un rayo de sol que la imprime sobre la hoja de papel blanco, y heme aquí que usted se pregunta quién hizo el retrato, sin recordar el momento en que el negativo recibió el rayo de luz que lo trazó en las sales de plata. Vamos, ¿todavía está usted viendo el fantasma? Deseche usted esas ideas místicas que son un resto del catolicismo de sus antepasados, prefiera usted la acción al sueño inútil, busque usted desde mañana a la joven, cásese con ella y será usted muy feliz. ¿No es cierto que será usted muy feliz? —preguntó con interés.


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