De sobremesa
De sobremesa »Abandone usted esos sueños —continuó—; abandone los sueños de gloria, de arte, de amores sublimes, de grandes placeres, la ciencia universal, todos los sueños. El sueño es el enemigo de la acción. Piense usted, conciba un plan pequeño, realícelo pronto y pase a otro. La delicia de vivir, que usted experimenta hoy, cortada por bruscas depresiones que lo postran, es al mismo tiempo la causa de sus ambiciones desmedidas, y el peligro futuro para usted; la causa, porque es ella la que le hace desear continuamente impresiones nuevas en la esperanza de que son gratas, el peligro porque revela una sensibilidad exagerada, una especie de hiperestesia que lo imposibilita para resistir el dolor, el día en que éste llame a su puerta. ¿Conoce usted el dolor? —preguntó pensativo.
—He sufrido, doctor, menos quizá que la mayor parte de los hombres y puesto que es convenido que todo detalle de mi vida interior lo conocerá usted, debo decirle que en los momentos de sufrimiento se produce en mí un placer superior al dolor mismo, el de sentir ese dolor, el de conocer las impresiones nuevas que me procura.