De sobremesa
De sobremesa ¡Loco!… ¡El loco, en el cuartucho oscuro del manicomio, oloroso y orines de ratón, envuelto en la camisa de fuerza!… el loco con el cabello cortado al rape, recibiendo en las flacas espaldas huesosas el chorro helado de la ducha, bajo el ojo imperturbable del hombre de ciencia que anota sus gestos violentos y sus entrecortadas blasfemias para convertirlos en una precisa y razonada monografÃa…
¿Loco?… ¿y por qué no? Asà murió Baudelaire, el más grande para los verdaderos letrados, de los poetas de los últimos cincuenta años, asà murió Maupassant, sintiendo crecer alrededor de su espÃritu la noche y reclamando sus ideas… ¡Por qué no has de morir asÃ, pobre degenerado, que abusaste de todo, que soñaste con dominar el arte, con poseer la ciencia, toda la ciencia, y con agotar todas las copas en que brinda la vida las embriagueces supremas!
¡Pero no!, dulce visión angélica que en mis sueños llevas las manos llenas de lirios blancos y que presente ante mà trazaste con ellas el signo de la redención y arrojaste en mi noche las pálidas flores, el alma que tú favoreciste con tus miradas santificadoras, no irá a desagregarse asÃ.