De sobremesa
De sobremesa ¡Oh, ven, surge, aparécete, Helena! Lo que queda de bueno en mi alma te reclama para vivir. Estoy harto de la lujuria y quiero el amor; estoy cansado de la carne y quiero el espíritu. Hubo en mi alma muladares inmundos que limpió la fuente de aguas vivas abierta en ella por la mirada insostenible de tus ojos azules. Para recibirte, lo que es hoy seca maleza florecerá de flores perfumadas y los sueños buenos de mi adolescencia resucitarán todos cuando tus pies pequeñuelos huellen la tenebrosa puerta de mi espíritu, y te acompañarán como una procesión de ángeles; donde quedan charcos de envenenadas emanaciones, habrá dormidos lagos, apenas rizados por las alas de los cisnes blancos. Si sobre mi cuerpo crispado de voluptuosidad se pasearon manos buscadoras y lascivas, si pedí el olvido a todas las embriagueces de todas las orgías, si rodé como un borracho por la escalera vertiginosa del vicio, fue porque no te había visto todavía. Ten piedad de mí. Para alcanzar tu santidad, porque te siento santa y me apareces ceñida con una aureola de misticismo y casi sagrada, para alcanzar tu santidad, he procurado ser bueno. No hay una mancha en mi vida después de que tus ojos cruzaron sus miradas con las mías. Pero para ser bueno necesito de ti, necesito verte. ¡Ven, surge, aparécete, sálvame, ven a librarme de la locura que avanza en mi cielo como una nube negra preñada de tempestades, ven a salvar lo que queda en mí de los santos de mi raza, del sabio arzobispo y de la dulcísima monja, que en tierra para ti desconocida, duermen, su último sueño, a la sombra de las arcadas góticas, en los viejos sepulcros de piedra!