De sobremesa
De sobremesa Excitado por la vista de aquellos infelices, surgió en el fondo de mí el orgullo de la vida, de la juventud y del vigor y con involuntario movimiento me apreté con la derecha, crispada casi, el bíceps del brazo izquierdo, que sobresalía elástico y fuerte, formando como una masa de hierro, bajo la gruesa cheviotte del vestido de invierno; la sangre se me subió a las mejillas y con brusco movimiento me levanté para salir… No, yo no estaba enfermo, yo no era un incurable, un harapo humano como aquellos desgraciados. ¿Enfermo, yo? ¿De qué? De un exceso de vida, de un exceso de ideas, de un exceso de fuerza y como si hubiera visto la muerte al ver aquellos restos de persona que iban a buscar modo de aliviar sus días miserables, deseé en ese minuto todos los placeres de la vida, todos los sabores, los perfumes, los colores, las líneas, las músicas, los contactos deliciosos; me provocó apurarlo todo ahí, en ese minuto, antes de que mi cuerpo se deformara y se convirtiera en una miseria como las que estaba viendo.
Tan profunda fue la impresión que no caí en la cuenta de la salida de la persona cuya consulta había terminado, ni vi, en el primer momento, a Rivington, que por la puerta entreabierta del gabinete me miraba de pies a cabeza, con ojos de inquietud.
—Doctor —dije saludándolo olvidado de que había enfermos que debían precederme.