De sobremesa

De sobremesa

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—Siga usted —dijo con cierta brusquedad, haciéndome entrar al cuarto.

Ahí siguió una escena grotesca en que sin poderme dominar y llorando como una mujer, abrazado a aquel jayán, casi desconocido para mí, le conté la atroz impresión que me había producido su horrible clientela, y le supliqué que me asegurara que no estaba enfermo, que no me volvería loco, y en que con frases estúpidamente sentimentales le supliqué que me permitiera enviar un pintor a su casa para obtener una copia del cuadro. Suave como una madre que maneja a un muchacho enfermo, consentido y antojadizo, el especialista se denegó a mi deseo y con su gravedad acostumbrada, me hizo ver todo lo que había de anormal y de enfermizo en mi estado de espíritu de esos momentos.

—Yo había creído menos grave su caso. Es preciso que usted aproveche las fuerzas que le quedan para buscar la curación inmediatamente; vaya usted desde mañana a buscar a esa señorita, diviértase, distráigase, no sueñe más; el sueño es un veneno para usted. Juegue, emborráchese, más bien. Eso sería más higiénico en su estado de hoy. No pierda usted un minuto, vaya a buscarla. Usted la encontrará y si quiere la hará su esposa. Está usted joven, posee una hermosa fortuna, tiene usted todos los elementos para ser feliz; no pierda su tiempo en inútiles desvaríos… Sea feliz.


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