De sobremesa
De sobremesa Charvet, fastidiado de esperarme en el despacho, mientras me vestÃa, estaba acomodado en el sillón, la cabezota contra el espaldar de éste, los quevedos de oro montados en la nariz, y los poemas de Keats en la mano, cuando entré al saloncito.
—Los poetas ateos, de jóvenes, no creen en Dios, pero creen en los ángeles y en la Virgen SantÃsima —dijo levantándose al verme—. Hasta ahora éste es el sitio donde he respirado atmósfera más espesa de misticismo… desde que paseo mi persona por este pÃcaro mundo. Si el pobre Scilly Dancourt entrara a este cuarto, se arrollidarÃa al ver el retrato colocado en este ambiente de capilla… Se pone usted malo… ¿Qué le pasa a usted? —añadió con cara de sorpresa—. ¿He cometido una indiscreción al entrar aquÃ?… Perdóneme usted; vi la puerta entreabierta y no resistà la tentación de hacerlo; vamos a su escritorio.
Sentado cerca de éste, Charvet, instado por mÃ, con no sé qué frases locas, para que me explicara qué querÃa decir con lo que me habÃa hecho temblar de sorpresa al oÃrlo, me dijo más o menos lo siguiente: