De sobremesa

De sobremesa

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—Hizo doce años, a fines de enero, estaba en Provenza huyéndole al frío del invierno, cuando recibí un telegrama de un hotelero de Niza, ofreciéndome gruesa suma por ir a pasar algunos días allí y prestarle mis servicios a un enfermo grave. Era tan halagüeña la oferta que no vacilé en ponerme en camino, para presenciar a mi llegada una de las escenas más angustiosas que he visto en la práctica de mi profesión, tanto más cuanto que mi ciencia nada podía hacer para evitarla. Ahora, al ver ese cuadro, del cual poseo una fotografía regalada entonces por Scilly Dancourt, creo ver a la pobrecilla con la admirable belleza de sus veintitrés años, y recuerdo como si fueran cosas de ayer los horribles sufrimientos del pobre hombre cuando, arrodillado al pie del lecho, bebiéndole el aliento envenenado y besándola, volvía los ojos hacia mí, como pidiéndome que la defendiera contra la muerte. Doctor: ¡sálvela usted y le serviré de rodillas toda mi vida; soy rico; disponga usted de mi fortuna, pero sálvela!, me decía, suplicante; y yo comprendía el paroxismo de dolor que lo crispaba al ver la figura ideal y la mirada de ternura sobrehumana conque lo envolvían los ojos azules de la tísica.





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