De sobremesa
De sobremesa »Doctor: no se extrañe usted al verme sufrir así, al ver mi desesperación; usted no sabe que era una santa, usted no sabe que todas las de su raza han sido adoradas así, frenéticamente. ¿No ha oído usted contar la historia de Rossetti, el poeta pintor que casó con María Isabel Leonor Siddal, que era de la misma familia de mi mujer, hace veintitantos años?… y que ¿jamás pintó en sus cuadros ni cantó en sus versos a otra que a ella, y que muerta ella depositó en el ataúd el manuscrito de sus poemas para que durmiera junto de la que los había inspirado?… Rossetti estuvo, al morir María Isabel, casi loco; y si años más tarde el cloroformo y la tristeza dieron cuenta de su vida, fue porque no hizo lo que voy a hacer yo, a pedirle a los viajes y al estudio de las religiones la fuerza necesaria para no dejar a esta chicuela sola en el mundo, decía mostrándome a la niña.
—¿Y la fotografía, doctor?