De sobremesa
De sobremesa —¡Ah, sÃ! Ese cuadro que tiene usted es un retrato de la mujer de Scilly Dancourt, hecho por un hermano que abandonó la pintura después, para irse a la India, según me dijo entonces aquél… Y oiga usted… El amanerado imitador de los prerrafaelistas no hizo más que dañar el modelo al sujetarlo a las invenciones de su escuela, porque la muerta era más hermosa todavÃa; tenÃa una cabellera castaña de visos dorados, ese color auburn que dicen los ingleses, y unos ojos azules como no he visto otros después. Pobre hombre; no lo he vuelto a ver nunca.
—¿Ni a vuelto a saber de él, doctor? —le pregunté con mal disimulada impaciencia.
—Ni una palabra. Creo que la única persona a quien le escribe en ParÃs es al General des Zardes. Sirvió a sus órdenes como Capitán en la guerra con Prusia en 1870, y éste lo tiene en grande estima por su valor… ¿Y cómo vamos de salud? —inquirió, volviendo a sus carneros.
Charvet me autorizó desde ese dÃa para volver a mi vida de antes de la enfermedad:
—Está usted hoy más fuerte que la tarde en que vino a mi consulta por primera vez. Goce usted suavemente de la vida… Sea usted feliz —me dijo, golpeándome el hombro al salir.