De sobremesa
De sobremesa Los dependientes de Bassot nos miraban, cuchicheando, sorprendidos del diálogo a media voz y en idioma extranjero que se habÃa entablado entre nosotros, personas desconocidas, puesto que no la habÃa saludado al entrar.
—Esas joyas son magnÃficas, pero demasiado valiosas para mÃ: perdone usted señor —dijo al empleado, que se la comÃa con los ojos.
—Lo espero a usted a las nueve —volviéndose a mÃ, con la expresión seria de una persona que sabe lo que hace y acostumbrada a negocios importantes.
Y con sus movimientos ágiles y sus miradas de venada, cruzó el espacio que la separaba del coche, que partió al subir ella, sin volver los ojos a la joyerÃa.