De sobremesa
De sobremesa —¡Soberbia criatura! ¡Esas americanas del Norte… eh! —me insinuó el dependiente, un cincuentón entrecano, con los ojos llenos de malicia y la chivera y los bigotes puntiagudos, retorcidos a lo Napoleón III—. ¡Soberbia criatura! Tiene loco por un collar de diamantes, que no le quiere comprar, al marido, que es un jayanote yanqui con la cara afeitada y tipo de Cuákero. La semana pasada estuvieron visitando todas las tiendas de joyas, él de mal modo y regañándola, ella haciéndole mil zalamerÃas para decidirlo. Ahora anda sola, pero seguramente no tiene el dinero completo. Estas americanas del Norte… Esté usted seguro de que no descansa hasta que tenga el collar. ¡Ah!, ¿con que se queda usted con él? —dijo abriendo tamaños ojos—. Es lo mejor que hemos tenido en los últimos años —añadió con displicencia—, una joya de ésas que no provoca vender.
¡En esas piedras os vais a convertir, desteñidos billetes azules de a mil francos, que habéis venido a mà sin buscaros, en las tres noches en que, engañando mi hambre de besos con la vertiginosa jugarreta en que volabais sobre la carpeta verde, os recogÃa con helada indiferencia, mientras que los otros jugadores se levantaban de la mesa con los bolsillos vacÃos, los ojos irritados y las manos trémulas!