De sobremesa
De sobremesa Y ahora escribo mi aventura. ¿Qué ha entendido ella al decirme que vaya a buscarla, después de mi frase brutal?… No sé. Sólo sé que los diamantes, dignos de una princesa, brillan en el fondo de los cálices de las flores de un ramo, donde los hice colocar para llevárselos, y que será mía. Veo su carne desnuda, sus gráciles formas ofrecidas a mis besos, y ardo. Son las ocho de la noche; ¡dentro de dos horas estará en mis brazos, lo estoy sintiendo, y se realizarán los contenidos deseos que acumulan en mí ocho meses de loca continencia y de estúpidos sentimentalismos, sugeridos por haber visto una muchachita anémica, estando bajo la influencia del opio! ¡Hurrah a la carne! ¡Hurrah a los besos que se posan como mariposas sobre el terciopelo de la piel sonrosada, a los besos que entran como áspides por entre el raso aromoso de los labios, a los besos que penetran como insectos borrachos de miel hasta el fondo de las flores; a las manos trémulas que buscan; al olor y al sabor del cuerpo femenino que se abandona! ¡Hurrah a la carne! ¡Afuera voz de mis tres Andrades, sedientos de sangre, borrachos de alcohol y de sexo, que, tendidos sobre los potros salvajes, con el lanzón en la mano, atravesabais las poblaciones incendiadas atronándolas con nuestro grito: Dios es pa’ reírse del; el aguardiente pa’ bebérselo; las hembras pa preñarlas, y los españoles pa’ descuartizarlos! Grita, voz de mis llaneros salvajes: ¡Hurrah a la carne!