De sobremesa
De sobremesa —Pero usted entendió mal —comencé, con una voz que trataba de hacer firme, sin lograrlo—. Hay una combinación por la cual usted tendrá la joya esta noche, sin pagar ni un centavo por ella —insinué, mirándole al fondo de los ojos, que habÃa levantado del suelo, ya serenos, y que me miraban fijamente.
—Se ha equivocado usted, señor —me contestó, encendiéndosele las mejillas y poniéndose en pie con un movimiento brusco de todo el cuerpo y mirándome con una expresión profunda de desprecio y de ira—. ¡Se ha equivocado usted, señor! ¿Conque se ha atrevido usted a creer que mi pasión por las piedras va hasta hacerme olvidar quién soy y que esos diamantes pueden comprarme?… ¿Pero no ve usted, infeliz que esas cajas llenas de joyas que le ofrezco son mÃas, muy mÃas?… ¡Ah, es que usted no sabe mi nombre y cree que le voy a robar la diferencia —dijo gritando—, soy Nelly…! —y ahà un apellido alemán con falsa terminación inglesa, el de un millonario de Chicago, conocido en el mundo entero como uno de los más fuertes empresarios de ferrocarriles de los Estados Unidos—. ¡Qué bien se ve que no ha vivido usted en mi tierra cuando entiende tan mal mi proceder y me juzga asÃ! —continuó sin sentarse y con la expresión de angustia de quien se siente manchado por infame e inmerecida sospecha.