De sobremesa
De sobremesa Recogà el fino pañuelo de batista y encajes, perfumado de clavel, que se le cayó al suelo al levantarse, y le dije, respirando el olor y con voz dulce:
—Señora: hónreme usted con permitirme permanecer aquà unos instantes más, y crea usted que habla con un caballero. —Puse el pañuelillo sobre el velador y busqué nervioso la cartera, y abriéndola le tendà una de mis tarjetas de visita—. Si usted se siente ofendida al terminar nuestra conversación, que me envÃe su marido mañana dos testigos que arreglen con los mÃos las condiciones de un encuentro… Usted le dirá que esta noche me he entrado tras de usted, que volvÃa a su casa, y que he pretendido besarla y poseerla. Haga usted eso, pero déjeme hablarle —le grité, casi poseÃdo de la furia de coronar el plan que se habÃa formado dentro de mà en esos minutos.
¡Cómo! ¿Usted es el señor Fernández, don José Fernández, el autor de los Poemas Paganos, que tradujo Murray? —dijo, sentada ya y alzando los ojos de la diminuta hoja de papel bristol—. Y yo que no lo habÃa reconocido… También es que el retrato es muy viejo, ¿cierto? No tenÃa usted barba entonces… Ignoraba completamente que viviera en ParÃs. Siéntese usted, señor Fernández; va usted a tomar el té conmigo y vamos a hablar de sus versos. Asà olvidaremos la estúpida historia del collar…