De sobremesa
De sobremesa ¡Ah! ¿Conque leÃste el articulillo aquel publicado en un magazine de Boston y escrito por el yanqui que visitó mi tierra y que me pagó los quinientos dólares que le presté, llamándome en él gran poeta, traduciendo una parte de mis estrofas y haciendo imprimir con su traducción el retrato que acompaña la segunda edición de Los Primeros Versos? ¿Con que lo has leÃdo, mi yanqui adorable y frenéticamente altiva, y quieres que hablemos de mis Poemas Pagano?
—Hablemos de sus versos, de los Poemas Paganos. Los conozco en la traducción de Murray, publicada en el «Nort American Magazine». ¡Qué hermosos, fascinadores! How lovely, fascinating —dijo, sonriéndome—, hablemos de sus versos, señor Fernández.
—No, señora; hablemos de usted y del collar que usted desea y que su marido no quiere comprarle, que le está haciendo cometer locuras y que me ha hecho a mà presentarme en su casa y tener el honor de hablar con usted.
—Vuelve usted al collar… Sea… ¿Qué es lo que pretende usted decirme? —me dijo con mal disimulada impaciencia y un gesto de orgullo—. Tengo la esperanza de que usted me crea una señora y de que no va a hacerme perder la ilusión de creerlo a usted un caballero.