De sobremesa

De sobremesa

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—Lo que pretendo decirle —comencé, temblándome la voz de emoción—, es que le suplico a usted, del modo más respetuoso, que acepte esa joya que pongo a sus pies sin pedirle más sino que, cuando la luzca usted sobre su cuerpo de diosa, recuerde usted al hombre a quien hizo feliz permitiéndole satisfacer un antojo suyo. Si usted acepta mi propuesta, el collar estará en sus manos dentro de un minuto y yo me iré sin haberla besado, para no volver a verla, si usted lo exige.

—¿Habla usted en serio? —me preguntó con honda agitación inexplicable, al oír mi respuesta.

—Señora: sólo espero que usted me permita y luego irme, porque temo ser inoportuno.

—¡Dios mío, Dios mío! ¡Busca el modo de hacerme feliz y me conoció esta mañana; y el otro me insulta cuando le ruego y me deja sola para irse a buscar mujeres perdidas en Nueva York! ¡Qué vida! —articuló entre los sollozos que la ahogaban, acostando la cabeza contra el espaldar del sillón y cubriéndose los ojos llenos de lágrimas con el pañuelito de batista oloroso a claveles.

Los sollozos la sacudían toda; los nervios triunfaban de aquella naturaleza rica y enérgica.


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